V. Maiakovski

06/14/2007

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¿Por qué acumular peldaños de trigonométricos bordes para susurrarnos al oído que el amor es un burdel de letras?

¿Por qué arrodillarse líricamente para prestidigitar charcuterías fotovoltaicas en los escaparates de carne congelada?

¿Para qué deletrear besos en braille cuando nadie se aventura a criar cuervos?

¿Para qué ser delicadamente tierno –una nube en pantalones- si la flauta de las vértebras desafina los desahucios en los sueños -esos universos para-lelos.-?

¿Por qué amontonar mercenarios pedagógicos al servicio de la arquitectura si ya todos somos muros?

¿Para qué jugar a Guillermo Tell con pistola si la manzana es tu corazón?

Porque a pesar de todo, un poeta debe aspirar a la silla eléctrica si lo miserable es el bullicio de una escolástica propia.

A. Artaud

06/02/2007

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¿Cómo se impugna a un hombre hasta arrugarlo?

Hasta gastarle el líquido sinovial de sus articulaciones mentales. Refunfuñarle un mañana de bulevares y cafeterías aunque sus titilaciones estén recién planchadas y use su hojilla sólo para afeitar planos de sí mismo.

-¡Ah, pues claro que puede usted pensar y escribir lo que guste!… Pero hay ciertas cosas que deben de ser pensadas y escritas en el manicomio.-

¡Oh mi Admunsen de bañeras! ¿Hasta qué tonalidad de sangre iremos juntos?

El grosor de un tobillo bien pudiera ser una pensión para los infinitos pliegues musculares del recelo.

Tú, que desistías de arquitrabar la esencia del hombre con la masa corporal, defecaste cavidades de vigilia y singladuras de abecedaria fatiga al coagular el pulso que va tropezando en la mentira patagónica del ser.

Y gráficos cóncavos de renuncia vertidos por/hacia el vientre.

…De seguir convirtiéndome en este hechizado eterno…

La tonalidad de sangre irá hasta el negro.

Como así fue.

E.M. Cioran

05/30/2007

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Si en la noche quirúrgica un corazón transplantado sufre rechazo, Cioran es el eco chirriante de los huesos…

Pero un S.O.S. peculiar, un empapelarse con necrológicas dominicales para ir ensayando la despedida. -Un desgastarse sin estrenar ningún dolor nuevo.- Él enumera los gentilicios del alma como quien farfulla un menú de caleidoscopios en blanco y negro. Porque escribe a bocajarro, como si se tragara las teclas de un piano y nos aporreara un réquiem con sus jugos gástricos; esculpiendo metódicamente el primer esputo de la mañana – que ata a un punto fijo de su conciencia con las cuerdas que usa como funambulista del hastío.-

Y es que los sonámbulos como él excavan trincheras en la almohada toda la noche y no lo llaman sueño. Más bien van archivando repulsión en la lengua a sabiendas de que los ronquidos del universo son los nuestros. Y cuando otros gustan de decorar la soledad encalando las paredes de su cerebro con el síndrome de Diógenes, Cioran se deleita en la vigilia melancólica de la última primavera.

Pero también él enhebra silencios nostálgicos. Y a pesar de que no esquiva la astronomía de los sepulcros sentimentales, su silencio es un silencio de insesctos masticando muertos. ¿Cómo si no osaría tender sus pensamientos en una mesa de disección cuando aún se escuchan los ecos del parto? Porque aunque a veces parezca desarmado de convicciones, abúlico, siempre consigue amasar una perseverancia que se arrastra hasta el desenfoque par excellence: un breviario de dudas cinceladas a machetazos por el agravio. El agravio de haber nacido, el suplicio de ser él. Y este coleccionar fracasos como constantes neperianas su obsesión.

Nunca nadie antes transformó su corazón en un depósito de cadáveres.