V. Maiakovski

06/14/2007

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¿Por qué acumular peldaños de trigonométricos bordes para susurrarnos al oído que el amor es un burdel de letras?

¿Por qué arrodillarse líricamente para prestidigitar charcuterías fotovoltaicas en los escaparates de carne congelada?

¿Para qué deletrear besos en braille cuando nadie se aventura a criar cuervos?

¿Para qué ser delicadamente tierno –una nube en pantalones- si la flauta de las vértebras desafina los desahucios en los sueños -esos universos para-lelos.-?

¿Por qué amontonar mercenarios pedagógicos al servicio de la arquitectura si ya todos somos muros?

¿Para qué jugar a Guillermo Tell con pistola si la manzana es tu corazón?

Porque a pesar de todo, un poeta debe aspirar a la silla eléctrica si lo miserable es el bullicio de una escolástica propia.

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