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02/12/2008

La mañana me vomita en nuestro colchón -último acceso libre de trincheras en esta batalla contra los azares.-
Las cosas toman extraños vericuetos… pero queda orden:
tu pijama bajo la almohada, tu ropa haciendo castells por la habitación, tu olor a recién hecha…
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Por primera vez en mucho tiempo estoy tranquilo. Ahora acierto a predecir los mecanismos de la ausencia y comprendo que los reproches son boomerangs. (Hay momentos en los que subo a los bordillos como a podios, το τουβλάκι σου, ya sabes.)
Y en cuanto oigo tus pasos bajar la escalera apresuro a pasear mis miedos por las riberas de las ventanas de este cuarto piso. Y sólo tengo que abrir la puerta de la cocina y la de la solana para que haya corriente y… ¡Plof!
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El movimiento se demuestra andando. -Marusa dixit.-
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Y si a veces, este nosotros, es una crónica para un buffet de cadavre exquis, τέλια! ( ¿Te acuerdas del viaje a Χανιά?)
Me atrae esa particularidad de “completar” a ciegas, sin saber… dejándonos llevar por nuestros impulsos interiores, de cierta complementación a niveles de subconsciencia.
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Aunque no pueda ser ahora… (Pero sin embargo lo es.)
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Porque este momento nos servirá para conjugar nuestro συνεχής μέλλοντας -θα αγαπάμε- (verás… aunque ya no seamos nosotros.)
Y eso es lo lindo: no la esperanza, la certidumbre.