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10/25/2007

Escribir una Introducción al suicidio. Como si de dieciocho happenings en seis partes se tratara. Una inauguración. Autorreferencial.
Hilvanar dos coreografías dèmodé (por yuxtaposición cualquier galería de arte no es más que un desván) en un collage que tienda a la comedia.
Una comedia de crueldad mimética. Una Introducción al suicidio como sketch improvisado. Risas por y para el público. Siendo uno mismo (que es cualquiera) espectador.
Habrá que tener en cuenta la necesidad, inexcusable, de mecanizar cierta calidad emocional. La desesperación que tartamudea convencionalismos es sólo un préstamo. Un condicionamiento del hombre psicológico y social. Y como tal, por lo tanto, no nos resultará práctico, en el sentido de que la Introducción al suicidio debe ser, no como un modelo de naturalezas muertas, sino como una suerte de autosurrealismo (el de cualquiera). Es decir, ser, no ya la manzana comestible, sino las pipas de la del lienzo. (O el hígado, arterias, huesos de cualquiera de las madonnas de Rafael.)
Una Introducción al suicidio como una facultad de bellas artes. Sin preinscripciones ni período de matrícula. Una mofeta que haga culturismo con la lengua.
Como un olvido a doble espacio en Times New Roman (opcional). Sin chantajes ni estados de emergencia. Sin moralinas ni colapsos nerviosos. Que no se base en frustraciones de la conciencia. Sin apostar al ahora o nunca.
Tras este paso no habrá reconciliación posible. Sólo una pose nouveau cuyos créditos sean un catálogo de lencería para supermercados.
Pasar a ser una mezcla de comedor y puticlub. Un orfanato biológico con antropólogos plañideros. Un humanismo viviseccionado en un juzgado de primera instancia con un verso de Artaud:
Volverme a hacer…